jueves, 11 de abril de 2013

El guisante de los demonios



Había una vez un guisante. ¿Y que tiene de especial un guisante?, os preguntaréis. Normalmente nada, sin duda. No obstante, este sí lo tenía. Pues era diferente a todos sus hermanos: Apestaba. 
¿Alguna vez habéis olido un guisante? Por lo general, cuando estan crudos no huelen gran cosa, ¿no es cierto? Pero este si lo hacía. Apestaba más que cualquier otro guisante que hubiese existido. Y lo que para él podría haber sido una desgracia, resultó, en cambio, su salvación. Porque fue el primer guisante de la historia en no ser devorado. De hecho, aun sigue con vida. Escondido en una caja que una princesa guarda con sumo cuidado. 
¿Por qué guardaría una princesa semejante vegetal? Eso amigos es una historia que la realeza se cuida mucho de contar. Sin embargo, tarde o temprano todo sale a la luz. Y yo misma he llegado a conocer este relato, que tal vez no os sea del todo desconocido. 
No obstante, si lo habéis oído, nunca fue como aquí, nunca fue así. Tal vez no me creáis cuando os la cuente, pero así es como sucedió realmente.

El guisante de los demonios

O

  Las mil y una almohadas



-Nos vamos ya-, murmuro Pea y contempló a su compañera Mirabella. “Maravillosa Mira”, así era como la llamaba Romualdo, el juglar, antes de cada actuación.
 Y lo era realmente: Maravillosa.  Tenía una piel suave, unos ojos claros y grandes y una nariz pequeña. Y con el rostro siempre enmarcado por esos lárgos cabellos del color de la más oscura noche, como si proviniese de un mundo más mágico que aquel. Aquella noche, llevaba el vestido blanco de dama cisne y el pelo recogido en una trenza, enhebrado con plumas, como si fuera a bailar, cantar, equilibrar o hacer malabares en la actuación de que pronto tendría lugar. 


Y de hecho, bien podría haberse estado preparando para la actuación. Pues efectuaba las más simples malabares con tres trocitos de queso mientras sonreía. Parecía algún hada del bosque o princesa encantada. Lanzó los trozos al aire, los cogió con la boca y comenzó a reír, dejando que trozos de comida volasen por todas partes. Bueno, parecía... pero obviamente no lo era. En realidad, por lo general tenía las maneras de un leñador. No era culpa suya. Después de todo había sido criada por uno. Cómo había pasado a formar parte de un circo ambulante era una historia larga de contar y demasiado extraña y ridícula. Un poco como la vida de Pea hasta el momento. 
Peadona negó con la cabeza  e intentó ocultar la sonrisa. Con el ceño fruncido y fingiendo preocupación le colocó a su amiga la capa y se aseguró  de que entre los botones y la capucha lo ocultase todo.
-No me pongas esa cara…- mustió Mira.- ¿No habría tenido más sentido cambiarse?
Pero ella no contestó. Era cierto. Ni ella era ya “Peadona la Intrépida” la acróbata más ágil de su familia de cómicos, y la mejor con el laúd, ni Mira sería otra cosa ya que Mira. Pero aquel vestido podía abrirles muchas puertas. Algo en su interior se lo decía.
-¡Vamos Pea! Entre juglares y bufones no puedes tomarte la vida demasiado en serio.
Sonrió. Mirabella no era la más inteligente. Pero era capaz de quitarle las penas a cualquiera. Además, aquel que se había criado en la troupe del “Gran Zander”, acababa dotado de un extraño sentido del humor. Y aun que ya no fueran a formar parte de la troupe, lo llevarían consigo a todas partes. Pero no podían quedarse. El “Gran Zander” había muerto y aunque de saberlo, el equipo haría todo lo posible por impedírselo, les había llegado la hora de emprender el vuelo al fin. 
Ninguna de las dos quería seguir con eso eternamente. Zander, el ex-leñador convertido en circense había sido lo más parecido a un padre que ambas habían tenido. De la familia de Pea no se podía esperar gran cosa. Y aunque ninguna estuviese dispuesta a admitirlo, ambas tenían la fantasía de hallar algo semejante a un hogar. Tampoco parecía demasiado pedir, la verdad. Viajar de un lado a otro sin un futuro seguro, con una panda de timadores, bebedores y ladrones no era una vida ideal precisamente. En cualquier caso, había llegado la hora de marchar.
 Fue bajo estas circunstancias, que ambas, encapuchadas y provistas de mantas y provisiones se adentraron en la espesura, acompañadas únicamente con su querido burro Tonto. 
Pasarían tres semanas en ese inmenso bosque, siguiendo siempre el cauce de algún riachuelo, mientras sus provisiones se agotaban. Primero fue el pan, seguido de la carne y el queso. Hasta que finalmente solo quedaban los guisantes, que nunca habían sido del agrado de Mirabella. Y aunque tenían herramientas para cazar, la suerte no les era favorable.
Un día en su tranquila ruta se toparon con unos amables bandidos.
-Vuestras más preciadas pertenencias, bellas damas. Eso es todo cuanto pedimos para permitiros continuar vuestro viaje.
Las chicas se miraron sonrientes en aquella ocasión y con sus grandes cualidades lograron convencer a aquellos bandidos de que eran ellas las necesitadas de atención. ¿Cómo lo lograron? Bueno, bastó con unas pocas caricias del bastón de Peadona y unas pocas flechas de la “dama cisne”. Y es que en cualquier época, una mujer debe saber cuidarse. Al verlas tan desvalidas, los bandidos se ofrecieron encantados a ayudarlas con algo de carne de ciervo fresca, pan y unas pocas monedas. Regalo que las dos compañeras aceptaron modestamente.
Sin embargo, estos alimentos tampoco duraron mucho.
Ni os podéis imaginar cuanto se alegraron al salir del bosque y encontrarse con que bajo el pequeño monte en el que se hallaban, se extendían campos y campos de cultivo. Y todo hubiera sido perfecto, de no ser porque el rey de aquel lugar adoraba un alimento en particular y había decretado que los campesinos de la zona cultivasen solo… guisantes.
-¡No! ¡Condenados guisantes!- se lamentó Mira muerta de hambre y de asco al mismo tiempo. No le quedó más remedio que comer día tras día durante dos meses, sopa de guisantes, puré de guisantes, tarta de guisantes, guisantes con conejo o guisantes a secas. A Pea no parecía importarle mucho. Entre tanto ya había aprendido a hacer mermelada de guisantes y licor de guisantes, que se vendían muy bien en el mercado. Pero Mirabella había comenzado a soñar con que se volvía verde y redonda y se despertaba a menudo sudorosa, imaginando que un campesino gigante se disponía a cocinarla.
Finalmente, a los dos meses de sopa de guisantes, suflé de guisantes, guisantes al ajillo o guisantes a secas, cruzaron la frontera. Era un día precioso, con un claro cielo azul extendiéndose en todas direcciones dónde alcanzaba la vista. Y nadie hubiese imaginado que por la noche, cuando las dos muchachas se disponían a dormir en su pequeña tienda de tela, estallara una tormenta digna del diluvio universal. No obstante, eso fue exactamente lo que sucedió. Así pues, empapadas hasta los huesos, se marcharon en busca de una cabaña abandonada o una casa en la que fuesen bien recibidas. Pero la noche era oscura y con la lluvia cayendo en torrente era prácticamente imposible ver algo. Sin contar con que tan entrada en la noche, probablemente todo el mundo durmiese ya. Por ello ninguna estuvo muy segura de cómo llegaron al palacio. Simplemente se encontraron de pronto ante su entrada.
-Ve a dejar a Tonto en las caballerizas, yo buscaré la puerta de los sirvientes y me encargaré de que nos den alojamiento- indicó Pea.
-¡Pero es el palacio real!
-¿Prefieres acabar muriendo de un resfriado?
Y así, se separaron. Mientras Mira refugiaba al asno en los establos vacíos, la acróbata llamaba una y otra vez a la puerta trasera, rezando porque no le abriese una vieja amargada o algún huraño hostil. Sin embargo, el hombre que le abrió la puerta era el más apuesto que ella había visto en toda su vida. Fuerte y bajo, como un soldado. Una gran cicatriz le cruzaba el rostro y otra el cuello, pero ella no se fijo en ese detalle, como tan poco se fijó en los cabellos despeinados o en los ojos legañosos.
-¡Por dios entrad, mujer! ¡Antes de que os mojéis!- exclamó el hombre, visiblemente preocupado.
Ante semejante ocurrencia Peadona no pudo menos que reír con aquellos ruidos mezcla humanos, mezcla de cochino que la caracterizaban. Pero a Sir  Roederick Bedman, pues de él se trataba, se le asemejó al cantar de los ángeles. Fue lo que se denomina un gran flechazo. Aun que para Mirabella supusiese más bien el gran empape. Prácticamente cegada por la lluvia se dirigió a la entrada principal, olvidándose de buscar la del servicio y comenzó a llamar con desesperación, pues el pequeño tejado sobre el portón difícilmente evitaba el agua. Al fin, la puerta se abrió con gran estruendo y la cómica, con la capa y la capucha adheridas por el agua al cuerpo como si de una segunda piel se tratase, se abalanzó al interior indignada.
-¡Habéis tardado tanto que por poco me ahogo!

Pero al otro lado no estaba su amiga, sino un desconocido que la observaba con el ceño muy fruncido y los ojos muy abiertos por la sorpresa: -¡Oh! Perdonadme, señor. Temo haberos confundido por otra…
Comenzó a disculparse, pero se detuvo, al percatarse del extraño atuendo del hombre: Vestía un pijama de corazones. Ante semejante visión no pudo menos que comenzar a reír, a la vez que el ceño del extraño se fruncía un tanto más.
-Es el pijama que me ha regalado mi madre- intentó defenderse, pero solo logró que el volumen de la risa aumentase. Negando con la cabeza y algo enfadado, el señor empujó contra el viento y la lluvia para cerrar la puerta, resbaló con el charco que Mira había formado al entrar y cayó de bruces. La muchacha se desternilló hasta que se le vaciaron los pulmones y las lágrimas adornaron sus ojos. Entonces, recobrando la compostura, cerró la puerta y le ofreció la mano: -Disculpe mis modales, señor. Debe ser a causa del cansancio.
Se incorporó y la observó ceñudo sin soltarle la mano que le había ayudado a ascender: -¿Y vos sois?
La dama cisne estornudó y estaba a punto de contestar cuando una voz se lo impidió: -¡Majestad! ¡Como lamento que os halláis despertado!- exclamó Bedman, apareciendo de la mano de Peadona. 
Ésta de inmediato se hizo cargo de la situación, puso cara de sorprendida y clamó a su vez, con el tono más creíble jamás escuchado: -¡Alteza! ¡Como lo lamento! ¡Se me olvidó abriros!
Y corrió hacia Mira a toda prisa.
-¿Vos? ¿De la realeza?- el desconocido del ceño fruncido pareció bastante sorprendido. Si seguía así, pronto se le juntarían las cejas, pensó la malabarista. Estaba agotada y temblando de frío. Pero obviamente su amiga estaba peor. Debía de tener alucinaciones a causa de alguna fiebre.
-¡O, Dios mío! No era mi intención delataros, princesa.- volvió a disculparse Pea a la vez que le libraba de la capa. Y entonces, nadie dudó ya de su origen. Pues, por mucho tiempo que hubiese pasado, cada vez que se lavaban ellas o sus ropas, Pea se había encargado de que el vestido recuperase su color y belleza y que el cabello de Mira quedase tan perfecto como siempre. Mirabella estaba muda de asombro. Quería decir la verdad. Mentir sobre ser de la realeza no podía traer nada bueno. Podían acabar en una mazmorra, o sin cabeza. Pero Pea le suplicaba con la mirada y el Lord parecía estar embrujado por su amiga. De modo que decidió seguirle el juego.
-Príncipe Sigfrid de Molodonia a vuestro servicio, princesa- se apresuró entonces a decir el hombre del pijama a corazones, con cierto automatismo, mientras realizaba una reverencia.
Una serie de gritos resonaron en las escaleras y los reyes, seguidos de unos cuantos criados no tardaron en aparecer. El monarca resultó ser un orgulloso portador de una barriga feliz, que aunque cansado, recibió de buen grado la visita inesperada, incluso antes de saber de quién se trataba. La reina por su parte no estaba tan convencida. Tenía el aspecto de alguien que no gusta ser descubierto en ropa de noche y, vivo reflejo de su hijo, fruncía el ceño con suspicacia.
Mirabella trago con dificultad. Si su majestad sospechaba las cosas no iban a salir bien. De ningun modo.
Más entonces, la acróbata hizo la mejor actuación de su vida, digna de una nominación al Óscar junto a Meryl Streep (que esta sea otra época, no implica que no se haya oído hablar de ella). Presentó a su amiga como la princesa Mirabella Luisa-María-Ernesta de Calzonia y a sí misma como Lady Peadonna Sabanas. Narró apenada cómo habían sido asaltadas por decenas de bandidos, que mataron a sus hombres y les robaron las pertenencias y como en el último momento habían logrado huir con un borrico. 
Hay personas, dotadas del talento del habla y la narración. Y sin duda Peadonna era una de ellas, puesto que su historia, sonó tan real como la vida misma, y tan emotiva, que habría sido capaz de derretir el iceberg del Titanic, si éste hubiese oído el relato a tiempo (por desgracia, se sabe que no lo izo).
La reina, por supuesto, se  encargó entonces de que les preparasen las habitaciones y mientras tanto les llevó a sus propios aposentos, donde pudieron bañarse y se les cedieron dos esplendidos vestidos. Y aunque eran las dos de la mañana, se preparó una cena para las pobres desgraciadas, a las que el rey, un gran amante de la comida entre horas, quiso unirse. Naturalmente, la reina decidió acompañarles, para que bajo su vigilancia, su esposo se limitase a comer verdura. Y al final incluso el príncipe Sigfrid y su gran amigo Roederick acabaron cenando. 
Mira, callada y prudente, se comportó, en parte sin quererlo, como toda una princesa. Empezando a comer siempre después que sus anfitriones, eligiendo así el cubierto adecuado, con la espalda recta y sin derramar una gota. Parecía triste y delicada, mientras su compañera de penurias describía su tragedia: 
Cómo la reina de Calzonia había muerto al dar a luz, cómo su padre había perecido en batalla, y cómo Mirabella, con tal de impedir su matrimonio con el cruel conde de Bröhm y dejar el reino en manos de su joven pero capaz hermanito, había huido, perdiendo por ello tierras y hogar. Fue después del relato cuando la princesa se retiró por primera y única vez a los baños, se carcajeó de la forma más recatada y callada posible y regresó con los ojos húmedos, cual si hubiese llorado. El príncipe por su parte, no apartó la vista ceñuda de la invitada y esta, a su vez, jamás desvió la mirada. La reina, observaba a ambos igualmente ceñuda. Pea sonreía a Roedrick. Roedrick adoraba a Peadonna. ¿Y el rey? El rey también había comenzado a fruncirle el ceño a su comida, a base de legumbres y frutos. Por lo que la comida resultó altamente entretenida.
Tras esta, los reyes no tardaron en retirarse, sobretodo, cuando el monarca observó, que de postre no habría más que fruta. Pidiendo disculpas se levantaron. Y en última instancia, la reina se volvió a los jóvenes y les indicó que los criados les vendrían a recoger a su debido tiempo. Su mirada se posó con cierta malicia sobre la princesa antes de desaparecer. De nuevo, Mirabella sintió como una invisible amenaza se cernía sobre ella.
Durante unos instantes, nadie habló. Pero al poco, los dos tortolitos reanudaron su conversación. Y mientras Pea interrogaba a su amado sobre su vida, los príncipes seguían en silencio.

-¿Siempre tenéis el ceño fruncido? ¿Nunca sonreís?- se atrevió a preguntar finalmente Mira.
-Vos sois la de la trágica historia, princesa.
Ella negó con la cabeza exasperada.
-Depende de uno y solo de uno decidir qué color poner al pasado y como mirar al futuro. Mirad.- Cogió tres uvas y comenzó a hacer malabares con ellas.
-¿Qué hacéis?
-Procuró haceros sonreír.- Las lanzó entonces al aire, y de un golpe se las engulló. – ¡Taran!- clamó alegremente. Y Sigfrid en efecto sonrió, si bien no por las razones que ella creía.
-¡Ahora os recuerdo! Sabía que os había visto anteriormente. Sois una cómica. Cantante, bailarina, bufón o lo que sea. ¿Y ahora también princesa?
Al ver la cara pálida de la princesa su sonrisa se ensanchó aún más.
-Que interesante…
-Ratones, carrozas y hadas madrinas-, murmuró Mira. Y fue todo lo que pudo decir por un buen rato. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? No podía comportarse como ella misma. Así no se comportaba una princesa. Ahora había sido descubierta y pronto estaría encerrada en una mazmorra rodeada de ratas, mientras su suerte era decidida. Seguro que el príncipe frunce-ceños estaría más que complacido. Se volvió hacia su compañera, que de repente había callado y comentó apesadumbrada: -Lo he intentado Pea, de veras que lo he intentado.
Lord Bedman por su parte, contempló a su amada y le preguntó muy serio: -¿No sois una dama pues?
El ambiente era tenso, o al menos así lo sintió la comedianta. Pero si en algo eran expertos los comediantes, era en destensar ambientes. Peadona se levantó rápidamente, y tal como hacía ante el pueblo, con voz fuerte, y segura anunció: -Mis señores, les presento ahora a la huérfana, la genial, “La Maravillosa Mira”, la princesa entre los cisnes, la actriz entre actrices y la risa entre risas. Yo por mi parte no soy más que una humilde cuenta cuentos, una acróbata sin hogar, “Peadona la Intrepida” me llaman. Aunque en esta ocasión también he hecho el papel de farsante.- Y con un encogimiento de hombros se volvió a sentar. –Ahora si queréis, nos pondremos nuevamente nuestras ropas y partiremos. Ya encontraremos otro lugar donde hospedarnos.
Pea era una gran actriz, no cabía la menor duda. Pero no podía engañar a Mira. Por dentro estaba tan asustada cómo una gallina en el matadero. ¿Rodarían cabezas por sus faltas?
-¡Ni hablar!-, bramó el Lord y ambas mujeres pegaron un brinco. El caballero, de inmediato, la sonrió tranquilizadoramente. –Estáis a mi cargo. Además, me encantaría que me narrarais una magnifica historia, cuenta cuentos... -cogió la pequeña mano entre las suyas- como la vuestra propia. ¿Por qué os llaman la intrépida?
Los ojos de Pea brillaron con agradecimiento y amor. Y Cómo si alguien hubiese comenzado a tocar un arpa maravillosa, los dos personajes se sumieron en una conversación digna de los más cursis enamorados, llamándose desde terroncito de azúcar, hasta pastelito de mi corazón. Mira los contempló durante un rato con ojos como platos.
-Y yo creía que ella era la más sabia- comentó negando con la cabeza.
El príncipe por su parte, se había sumido en pensamientos distantes: 
-De todos modos no conseguiréis pasar la prueba-, soltó al fin con un suspiro.
Eso logró captar la atención de la muchacha: -¿Qué prueba?
-No lo sé. Mis padres siempre idean una. Andam en busca de “mi pareja ideal”.
-¿No la sabéis encontrar vos mismo?
Si las miradas pudiesen matar, ella habría caído fulminada en aquel preciso instante. Lo cierto era, que ni Sigfrid tenía demasiadas ganas, ni sus padres lo ponían mucho mejor, puesto que por una rivalidad entre hermanas, la reina siempre esperaba que su hijo fuese el mejor. Y dado que su sobrino se había casado con una dama de alta nobleza y comportamiento impoluto, no se esperaba nada menos del príncipe. Por otro lado, la reina tampoco estaba segura de querer desposar tan pronto a su hijo. De allí, que las pruebas que preparaba fueran prácticamente imposibles. De hecho, ninguna dama las había superado hasta la fecha.
-Lo lamento- dijo Mira, adivinando que era un tema escabroso. -Tengo poca experiencia en lo que supone tener una familia, por no decir ninguna. Supongo que mi vida es completamente opuesta a la vuestra. Así que es difícil ponerme en vuestra situación.
Cuando alzó la vista, pudo jurar que los ojos que la escrutaban eran alegres.
-Pocas personas se molestan en intentar comprender a sus soberanos. Tal vez seáis una buena princesa, después de todo.
Ella se rió.
-¿Yo, princesa? No estoy segura que semejante trama tuviese éxito. Soy suficientemente inteligente para reconocer mi falta de conocimiento sobre... prácticamente todo. Y Zander, nuestro antiguo director, solía decir que el poder es muy peligroso. El poder corrompe. ¿Deberás os arriesgaríais a dármelo.
El príncipe suspiró: -Yo no me arriesgaré señora, sois vos la que lo hacéis. Si pasáis la prueba de mi madre, os arriesgáis a casaros conmigo.
-¿Y si no lo hago? ¿Cual será mi castigo?
-Ninguno. Os lo prometo.
Al cabo de media hora exacta las dos invitadas fueron llevadas a respectivos aposentos. 
Mira soñaba ya con una cama suave y cálida, cuando se encontró con lo que le esperaba: En el centro de su habitación se erigía una cama hecha con por lo menos 10 colchones, 20 edredones y 15 sábanas. Llegaba casi hasta el techo, que se alzaba a cinco metros sobre el suelo, y para subir se necesitaba una escalera.
-¿Es una broma?- murmuró la chica.
-No señora, su Majestad os deseaba la mayor comodidad posible.
Y como la mirada de la mujer era tan seria, no preguntó más. Después de que la hubiesen cambiado, comenzó a ascender con sumo cuidado. Pero en cuanto se hubo sentado en lo alto, las dos doncellas que la habían atendido retiraron la escalera y se marcharon a prisa.
-¡Esperad!- chilló horrorizada Mirabella, sin obtener contestación. Repitió: -¡Esperen! ¿Es que no me oyen?- Y nuevamente nada: -¿Qué pasa si he de ir al baño?- Silencio y nada más. Miró hacia abajo y al instante cerró los ojos con fuerza: -¡Calabazas y estúpidos zapatos de cristal! ¿Cómo saben que no soy sonámbula?- se preguntó. Tal vez esperaban que lo fuera. Tal vez tuviesen la esperanza de que se cayese de la cama en sueños. O puede que todo se tratase de ver si podía aguantarse las ganas de ir al baño. ¿Era eso? ¿Tenía una princesa que saber aguantarse? Sólo de pensar en ello sentía ganas de hacer sus necesidades. Debía de dejar de pensar en ello. Seguro que se trataba de una broma. Tan solo eso. O quizá había una segunda escalera que no había visto. Con cuidado se acercó nuevamente al borde de la cama y... De inmediato volvió a agarrarse al cabecero, se envolvió en la manta y cerró los ojos con fuerza. Dios santo, que miedo. ¿Las princesas escalaban eso todos los días? ¿Cómo era entonces que no las convertían en guerreras? Seguro que eran capaces de trepar los muros de cualquier fortaleza.
¡Oh, dios! Se sentía como en una obra de Hitchcock. (El Hitchcock de aquella época no era un cineasta, sino un comediante. Aunque sus obras no resultaban demasiado cómicas)
-Que alguien me saque de aquí- suplicó.
Y aliviada, oyó como se abría la puerta, y el príncipe, nuevamente en su pijama de corazoncitos, atravesó la estancia.
-Iba a por un vaso de agua y os he escuchado pedir algo. ¿Qué sucede…? ¡Oh! - alzó la vista hacia ella, que por primera vez no se atrevió a corresponderle. Mirarle significaba bajar los ojos al suelo y su propia salud mental y estómacal se lo impedía. Pero Sigfrid retrocedió un par de pasos y eso si que la alarmó. Se acercó al borde de la cama y se atrevió a abrir nuevamente los ojos.
-¡Por favor! ¡No os vayáis! No me dejéis aquí sola.
-¿Porqué diantres estáis aquí arriba, Mirabella?
Ella negó con la cabeza sin comprenderlo ella misma.
-Vuestra madre mandó que durmiese aquí. Si esta es la prueba la voy a suspender, pues sufro de vértigo. Pero por favor no me dejéis, no sobre estas mil y una almohadas.
-No son almohadas, princesa- le corrigió.
-Pues sábanas.
-Hay más que eso- insistió.
-¡Lo que sea!
¡Qué hombre tan irritante! Aunque, pensándolo mejor, la estaba ayudando a olvidarse de sus temores. ¿Lo hacia adrede?

-De acuerdo- contestó él al cabo de un rato, con lo que pareció una sonrisa en su rostro. -¿Por qué no dejáis caer vuestros largos cabellos, para que pueda trepar por ellos?
-¿Eso ha sido una rima? ¿Y una broma? ¿O estoy soñando?
-Estáis soñando.
-Imposible,- negó Mira. -tengo demasiado pavor.
-Bien, no estáis soñando. Si lo preferís podéis estar delirando, simplemente.
-¡Lo que sea!- se rió- Puede que no estéis del todo perdido, después del todo.
-¿Estaba perdido? - se sorprendió él.
-Eso creí cuando os conocí. Pero ahora no estoy tan segura.
-Algo me dice que en el peor de los casos, si realmente estuviese perdido, vos seriáis capaz de encontrarme con la sola intención de atormentarme o reíros de mi pobre atuendo.
-Es muy bonito.

Ambos rieron y se dispusieron a hablar largo y tendido sobre toda clase de temas. Sigfrid se interesó sobre la vida de Mirabella, del mismo modo que ella se informaba con pasión sobre todo respecto a la infancia del príncipe.
-¿Entonces sabéis leer y escribir? ¿Cómo es eso posible?
-Metternick, el padre de Romualdo, y el viejo juglar, había sido escribano para diversos nobles. Cuando eramos pequeños solía instruir a todos los infantes de la troupe. Decía que era muy importante y que algún día todo el mundo sabría hacerlo. Pero yo soy muy lenta con mis lecturas.
-¿Y sumar? ¿Sabéis sumar?
Mira asintió entusiasmada.
-Hasta treinta. Aunque Pea es la verdadera experta. Siempre insiste en que como mínimo debería saber sumar hasta cincuenta. Yo no le veo el sentido. Jamás tendré cincuenta monedas o cincuenta vacas, o cincuenta manzanas. ¿Así pues, para que lo necesito? Preferiría aprender sobre otras culturas o sobre sanación o sobre... No lo sé. Hay tantas cosas...
-Si os convirtierais en mi esposa si que poseeríais cincuenta monedas y cincuenta vacas y cincuenta manzanas y muchas más cosas.
-No os burléis de mí, señor. No voy a pasar la prueba, e incluso si lo hiciese, ¿por qué querríais vos desposaros conmigo?
-Tal vez porque no me teméis y sin embargo me respetáis. O puede que porque estáis llena de fuego. No son rasgos que suela ver.

Ante esto, la chica se quedó sin palabras. Y tardaron bastante en reanudar la conversación.
-¿Nadie os acompañó en el viaje?- preguntó en algún momento el príncipe.
-Naturalmente, Tonto.
-¿Me habéis llamado tonto?- se escandalizó.
-No, al burro.
-Y ahora me llama burro.


Y así, entre bromas y risas siguieron hablando hasta que la noche llegó a su punto álgido. Y Sigfrid, sorprendido por el paso raudo del tiempo, decidió que debía marcharse, antes de que algún criado les descubriese. 
-¿Qué? Me abandonáis sin más? ¿Cómo podéis dejar a una muchacha indefensa, sobre mil terribles almohadas?
-No son almohadas.
-¡Lo que sean!
-Y vos no parecéis desvalida, en modo alguno.
-Sois cruel- se burló ella.
Más no logró convencer al príncipe que, deseándole buena suerte una última vez, desapareció. 

Después de aquello, la pobre Mirabella se tumbó en la cama, cerró los ojos con fuerza e hizo todo cuanto le fue posible por dormir. Y olvidar su temor a las alturas.

Y lo habría conseguido, de no ser por un terrible olor que ascendió y la envolvió. Un olor terrible, horrible, repugnante, vomitivo, asqueroso... y cualquier otro adjetivo descriptivo similar que se os ocurra más.

¿Recordáis el inicio de este cuento? Había una vez un pequeño guisante, de nombre Peadrich, que nació más apestoso que cualquier otro. Y fue este preciso guisante, el que acabó debajo de las sabanas de nuestra heroína.
-¡No puede ser!- se horrorizó ella. -¡Esto es una pesadilla!¡Una horrible pesadilla!

No tardó en preguntarse que habría hecho para merecer aquello. Tal vez, en otra vida, había arruinado cientos de cultivos de guisantes. Tal vez se los había robado todos a unos campesinos pobres para después, sin motivo alguno, tirarlos  por un precipicio. Una cosa era clara, necesitaría un psicólogo después de aquella noche (Y sí, en aquella época también se sabía lo que era un psicólogo. Aunque no se les tuviese especial cariño.)
-¡Guisantes de los demonios!- maldijo Mira.
 Y así fue como pasó el resto de la noche procurando no oler nada, no pensar en ella misma como en una gran bola verde y, sobre todo, no vomitar. En dos ocasiones pensó en bajar de la cama y largarse de el castillo sin más dilación. Pues casi prefería ahogarse en el diluvio a semejante peste. Por desgracia, el vértigo le impedia bajar y aumentaba la sensación de mareo.
A la mañana siguiente cuando volvieron a colocar las escaleras, a penas se tenía en pie. Y ni se percató de que, cubriéndola solo con un albornoz la sacaban de la habitación. 
La llevaron al salón donde los reyes, el príncipe y los enamorados la esperaban.


 Por su parte, el príncipe no mostraba un estado mucho mejor que Mirabella. Se había pasado toda la noche preocupado. Sabía que no tenía sentido. Apenas conocía a esa muchacha, que entre otras cosas le parecía irresponsable e incluso un tanto infantil. Así que, ¿por qué deseaba que superase la prueba? ¿Por qué se planteaba desposarse con ella, aun si la chica perdiera? Ella misma había reconocido que no tenía especial interes en el poder. Solo quería un hogar. 
Sin embargo, había algo en ella. Era la primera mujer que conocía que le trataba como a un igual, que intentaba comprenderle, que no se dejaba intimidar por su apariencia hostil. Parecía que tuviese una cálida hoguera en su interior. Y tal vez él necesitase algo de locura, algo de infantilísmo. Por alguna razón, estaba seguro de que aquella falsa princesa haría mejor el papel de reína que cualquier dama que había conocido hasta la fecha. Era más real que cualquier otra persona que conociese. Si eso tenía algún sentido... No importaba, la cuestión es, que meditando en estas cosas le fue imposible conciliar el sueño.

A pesar de ello, cuando a la mañana siguiente su servicio entró para ayudarle ya estaba completamente vestido y tan solo necesitó ayuda para las botas. Los nervios le impedían estar cansado. Y cuando trajeron a Mirabella, no pudo menos que preocuparse por su visible mal aspecto.
-Guisantes de los demonios- fue lo único que murmuró ella antes de desmayarse de cansancio sobre la alfombra. Todos, incluso los sirvientes, la contemplaron atónitos mientras Peadona y Sigfrid corrían a atenderla.
-¡No es posible!- se sorprendió la reina. -¡Ha superado la prueba!
-¿Se puede saber que le has hecho, querida?-, le preguntó el rey, preocupado.
-Tan solo puse un guisante bajo las mil y una almohadas sobre las que dormía.
-¿Mil y una almohadas?
-Bueno, tal vez no eran mil y una y tal vez no eran almohadas... 
Cómo si a Sigfrid le importase.
-Lo que sea- contestó  llevándose a Mira en brazos. Y ante la aun más confundida mirada de todos, estalló en una sonora carcajada.
-¿A dónde la lleváis? -chilló disgustada su madre.
-A mi habitación, dónde solo hay un colchón. Pero espero que sea suficiente.
-¡No podéis hacer eso! ¿Qué dirá la servidumbre?
Sin duda la reina estaba escandalizada.
-Que soy afortunado- rio él mientras se marchaba.

-¡Deteneos ahora mismo, Sigfrid! ¡No sabemos nada de esta princesa!
Pero su hijo ya se había alejado. El monarca le sonrió y le ofreció una mano tranquilizadora mente a su esposa.
-Mujer, nuestro hijo ya ha escogido a su esposa. No hay nada que podáis hacer ya.
-Pero... pero...
-Vayamos a desayunar, mi hermosa reina- la persuadió.
La anciana le sonrió con ternura y le pinchó en el estómago.
-Conforme, pero recordad que seguís a dieta.
-Pero... pero...- se quejó el soberano mientras los dos se dirigían al comedor.

En su habitación Sigfrid dejó a la mujer con cuidado sobre la cama y la besó tiernamente en la frente. 
-¿Dónde estoy?- murmuró con los ojos cerrados.
-En una cómoda cama, Mirabella.
-¿Príncipe?- susurró y pareció que iba a volver a adentrarse en el mundo de los sueños. Él, alarmado, intentó formularle una última pregunta: -Mirabella, ¿os casaréis conmigo?
-Podéis llamarme Mira, principe.
 Y con esto, comenzó a roncar levemente.
Al poco, se abrió la puerta y entró Roederick von Bedman.
-Me mandaron a asegurarme de que no hacéis nada impropio- comentó mientras se aproximaba a la cama.
Sigfrid le fulminó con la mirada, su ceño más fruncido que nunca. Pero al poco, suspiró.
-¿Debería preocuparme de que ronque?- preguntó, mientras tapaba a su futura esposa con una manta.
-¿Debería preocuparse ella de lo mucho que apestáis?- le replicó su amigo.
-Me bañaré.
-Bien. ¿Cuantas veces al año?
-Mientras no huela a guisantes- susurró una voz adormilada.

FIN

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