jueves, 11 de abril de 2013

Esther


A l'Esther,
Per ensenyarme la magia darrera de cada nota
La gran verja metálica se abrió con un chirrido. Era negra, antigua y muy hermosa, de estilo modernista. Formaba hondas y hojas que trepaban y se abrían hacía el cielo. La hiedra trepaba por los muros que rodeaban el lugar y la luz jugueteaba con los árboles. Ella sintió el calor de los primeros rayos de sol de verano y al mirar a su alrededor creyó estar en un nuevo mundo. Un lugar mágico parecía estar esperándola. Con animales misteriosos y hadas traviesas preparados para saludarla en cuanto diera los primeros pasos. Admiró los gigantes verdes que crecían a ambos lados de aquel camino de arena. Eran viejos, y estaban agrietados por el tiempo. Pero estaba segura de que tenían que ser amables. Por eso dejaban que las criaturas anidasen en ellos. La brisa soplaba por entre las ramas y las hojas cantando una canción que parecía ser coreada por los pájaros. Por un momento quiso separarse de sus padres y adentrarse entre la maleza para ver si encontraba a Campanilla. Seguro que se ocultaba con sus amigas cerca de los tréboles y bailaba al son del viento. Pero eso no les hubiera gustado nada.

Y comenzó a correr con la mochilita a hombros, para alcanzarlos, puesto que ya la habían adelantado. Se aseguró de tener bien sujeta la mano de su madre antes de volver a mirar a su alrededor con curiosidad. Observó las plantas, los troncos, y hasta los insectos del suelo. Todo parecía moverse a su propio paso: Algunos con prisa y ganas de jugar, otros calmados, relajados y sonrientes. La luz los arropaba. El calor se sentía bien sobre la piel.

Y de pronto, algo le tapo el sol. Ella levantó molesta la cabecita y se quedo de piedra. Un edificio inmenso, de piedra grisácea, oscurecida por el tiempo se alzaba ante ella. Le recordó a uno de esos castillos siniestros que tenían los malos en los cuentos que le leían para ir a dormir. Era una casa oscura, triste y apagada en comparación con la vegetación que la rodeaba. Los ventanales estaban hachados por el tiempo, algunos incluso rotos. La puerta que en su tiempo debió de ser azul estaba cubierta por una gruesa capa de mugre y sal proviniente de la costa. La casa no parecía alegre. Parecía triste, cansada y sola. Y ella no sabía como podría ayudarla. Eso no le gustó.
La puerta se abrió con dificultad y estruendo y una mujer de cabello blanco como la nieve y mirada huraña apareció. Esa debía ser su abuela. Era la primera vez que la veía. Era delgada, y parecía aún más sola que la casa. Los padres la saludaron amablemente, pero ella apenas les miro. Sus ojos estaban fijos en los de la niña. Y lo único que se le oyó decir antes de volver a desaparecer fue:

-Llegáis tarde.

No era como las demás señoras que había conocido. No le gustaba que le pellizcaran las mejillas o que exclamasen:- ¡Qué mona! ¡Es adorable!- Pero sabía que eso era mejor que aquel extraño saludo. Si esa era su abuela, no quería conocerla.

Por suerte, no tuvo la necesidad de hacerlo. En cuanto se hubieron instalado aquella mujer se convirtió en un fantasma. No volvió a verla. Tampoco es que estuvieran mucho tiempo en aquella casa: Iban de picknick, a la playa, a visitar a unos amigos… Y si no, ella se escondía en el bosquecito y escuchaba la música del lugar o jugaba con los duendes y los elfos.  Solo volvían a aquel edificio para dormir o desayunar. Y ni entonces veían a la señora de la casa. Solo una nota en la nevera, la despensa llena o las sábanas nuevas indicaban su presencia en el hogar.

Una noche escuchó de pronto un ruido extraño seguido de una extraña sensación. Una canción sin letra que le rozó los dedos de los pies. Primero se quedó allí. Después comenzó a subir por su cuerpo, le acarició la cara y se metió en su interior. Se levantó de la cama vigilando no despertar a sus padres y de puntillas abrió la puerta. Salió al pasillo siguiendo el rastro de las notas perdidas. Era una melodía muy hermosa. Se sentía como debía de sentirse el volar, como un pájaro libre. Pero aunque esa música le producía cosquillas en el estómago y la hacía de algún modo feliz, no podía evitar tener algo de miedo al cruzar aquella casa embrujada, en mitad de la noche. Intentaba hacer el menor ruido posible y aun así oía el crujido del suelo bajo sus pies. Bajo muy despacio las escaleras, camino un poco más y llegó a una habitación cerrada. La canción sonaba ahora con más fuerza y por debajo de la vieja puerta de madera se vislumbraba una tenue luz. Con el corazón en un puño intentó entreabrirla y ver quien o que creaba esas notas. Más en aquel preciso instante, la melodía cesó y se oyó un fuerte crujido. De inmediato salió corriendo hacia su cuarto, se metió de un salto bajo la manta y se tapó los ojos con las manos.

-Los monstruos no existen, los monstruos no existen-, se repitió una y otra vez. Y en algún momento de aquella noche se durmió.


A  la mañana siguiente pasó junto a la habitación cerrada con mucho cuidado antes de llegar a la cocina. Sus padres ya habían preparado el desayuno.

-Cariño, papa y yo tenemos que ir un momento a la ciudad a hacer un par de recados. Volveremos para comer. Tú puedes quedarte con la abuela, ¿no?

No dijo nada. Puso ojos como platos y sintió un escalofrío, pero solo asintió.

No quería salir, hacía mal tiempo. Y el bosque que antes le había parecido de hadas, ahora se asemejaba más a uno de lobos. El cielo estaba nublado, el viento estremecía las ramas, azotaba las ventanas y hululaba con fuerza. Se avecinaba una tormenta de verano. Pintó durante un rato pero enseguida se cansó. Finalmente, se atrevió a volver al ala este de aquella mansión. Al lugar de la habitación cerrada. Se quedó mucho tiempo observándola sin atreverse a entrar. Sentía que si lo hacía algo malo pasaría. Como que habría un monstruo, o un fantasma… o pero aun, no habría nada y se percataría de que lo había soñado todo.

-¡Cobarde!-, se dijo. Y finalmente abrió la puerta. La sala estaba vacía. Dos estanterías, una alfombra y un gran y extraño artilugio, eso era todo.  Miró aquel objeto cuidadosamente. Le resultaba familiar, lo debía de haber visto en otra parte, aunque no podía recordar donde.  Parecía un escritorio, solo que muy extraño. Era alto y delgado, sin cajones, con botones rectangulares negros y blancos en un orden muy curioso y tres pedales a la altura de los pies. Se acercó a aquel mueble y lo toco con la yema de los dedos. Era de madera pulida. Los extraños botones estaban fríos y eran duros, como de piedra. Bajo uno lentamente. De pronto el aparato emitió un dulce y leve sonido. Ella se apartó de inmediato. Primero se asustó, después comprendió. ¡De allí debía de venir la canción que sonó por la noche! Probó a bajar otra tecla, esta vez más deprisa. Y un nuevo ruido, más estridente resonó. Sonrió y comenzó su aventura.

Descubrió que en la parte derecha del extraño escritorio se podía tocar el sonido de las gotas de agua al caer. Bastaba con toques cortos y suaves. Y en la parte izquierda podía hacer truenos con todo el puño de la mano y algo de fuerza. Tan distraída estaba, que no se percató de que alguien la estaba observando, hasta que la llamaron por su nombre:

-Esther.

Se volvió y se encontró de nuevo frente a la mujer de cabello blanco. Solo que ya no parecía enfadada. Sus ojos brillaban.

-¿Qué haces?

Tragó saliva antes de hablar:

-Hacía que lloviese, para que las nubes se vayan y salga el sol.

La mujer caminó hacia ella e instintivamente la niña se apartó. Tenía miedo de aquella señora que parecía una bruja. La anciana se acercó un taburete se sentó y comenzó a tocar los botones con todos los dedos de las manos. De pronto una melodía llenó toda la habitación y la pequeña oyó una nueva canción sin letra, que sonaba como un río que cruzaba una cascada serpenteaba y acababa en el mar. Las cosquillas volvieron a recorrerle el cuerpo, le rozaron los hombros, llegaron hasta el pecho y entraron en su corazón. Y sin motivo alguno, comenzó a reír.

-Si me guardas este secreto, te enseñare lo que se hacer, ¿vale?

Esther no entendió muy bien a que se refería con secreto pero asintió.

-¿Abuela?

-¿Si?

Vaciló: -¿Eres un hada?

La abuela sonrió y esta vez ya no parecía que estuviese sola. Parecía que había encontrado a alguien.

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