miércoles, 3 de abril de 2013

La caperuza que no quería ser salvada

Los renegados

I.

Muchas personas aseguran que el mundo de los cuentos siempre ha sido mucho más feliz y simple que la realidad, que en él la justicia siempre vence, y los buenos siempre logran cumplir sus deseos. Pobres ilusos. ¡Cuan fácil es ansiar aquello que se desconoce! ¡Cuan difícil en realidad vivir lo!


Y es que, por mucho que uno quiera, las cosas no son siempre lo que parecen.



Erase una vez, un joven y apuesto caballero, como pocos otros se han visto. Y erase también un caballo al que montaba sin descanso, fiel compañero de sus peripecias. Ambas criaturas viajaban norte por el sendero, a galope tendido, cual perseguidos por el diablo, en pos de una doncella a la que rescatar.
No obstante, nuestra historia no va sobre su destino, sobre el combate o el rescate, no va sobre actos caballerescos, sino sobre algo que aconteció en aquel último y especial viaje que los dos compañeros hicieron juntos.

Esta historia comienza con el día más caluroso que jamás haya existido. Un día en el que el sol se levantó malvado, trayendo con sigo el calor más abrasador del infierno, y arrastrándolo sobre la tierra. 
Desde el momento en que salió sonriente, espantando a la luna a empujones, las plantas comenzaron a secarse, y hombres y animales buscaron refugio donde pudieron, procurando salvaguardarse de la deshidratación y la asfixia. Fue un día tan terrible, que una tortuga que no llegó a tiempo a refugiarse murió a dos metros del agua y varios campesinos aseguraron que sus gallinas habían puesto huevos cocidos.
En un día semejante, solo nuestro jinete y su mesteño se atrevieron a seguir su ruta. 
No obstante, al mediodía, cuando el sol brillaba con mayor furia, incluso nuestros más bravos héroes no pudieron resistir más el calor de la armadura herviente sobre el cuerpo, ni la falta de agua en las gargantas secas.
Así pues, adentraron se en lo profundo del bosque que les rodeaba, donde las frondosas copas de los árboles les pudieron servir de refugio, manteniendo les frescos y a la sombra. 
Y trayendo con sigo algo más:
Tal vez solo fuera el extraño susurrar del viento entre las hojas, o el canto de los pájaros, o la forma en la que le parecía ver aparecer y desaparecer cosas. Puede que tan solo fuera la luz verde que coloreaba todo. La cuestión es que la atmósfera parecía atraer les y envolverles con alguna clase de magia que cada vez tenía al hombre más intrigado, y al mismo tiempo inquieto.
Durante lo que parecieron horas prosiguieron por aquel lugar, siempre rumbo norte, hasta que pareció que el calor se desvanecía un tanto. Para entonces el jinete ya había desmontado de su montura y había guardado su armadura, con tal de no asfixiarse. Y aunque la temperatura hubiese bajado, sus labios resecos pedían a gritos catar alguna clase de líquido.

Así oyó el hombre el sonido familiar del gorgoteo y olió y sintió la humedad en el aire. Guiado por su rocín caminó sobre las rocas, el musgo y las crujientes hojas caídas hasta llegar al rincón de donde parecía brotar el ruido. Unas tupidas ramas le impedían la vista, y tan solo conseguía vislumbrar la luz del sol , ya más anaranjada, que lograba atravesar el follaje. Se abrió paso con ansia y por fin llegó al claro donde aplacar su sed: Era un pequeño lago, rodeado de espesa hierba y piedrecitas blancas como la nieve. 
Sin duda, todo en él era de cuento: Las aguas cristalinas se agitaban y murmuraban, charlando quizá con la brisa. Y el mismo sol se reflejaba en ellas, más tranquilo ahora que se acercaba el atardecer, como si el mismo, cansado de tanto fuego, se hubiera zambullido sediento.

Pero estaban solos en la zona. Alguien nadaba en el lago, una mujer, estirada en éste tal si se tratase de una cama. Movía lentamente los brazos como el ángel bate las alas y cantaba una melodía sin letra.


Cualquier otro en su lugar pudiese haberse visto embrujado ante tal espectáculo. Sin embargo, nuestro hidalgo no se dejó deslumbrar por la escena que presenciaba. Había oído demasiados relatos de marineros seducidos por sirenas sedientas de sangre, o de ninfas de gran belleza y aún más grande maldad. Él no caería tan fácilmente en la trampa. Se llevó la mano al cinto. Dudó unos instantes, pero ya sin vacilar le gritó a la extraña:

-¡Vos!

El chillido de sorpresa rebotó entre los árboles y espantó a las pobres aves que descansaban en sus nidos y se vieron obligadas a salir despavoridas.  A su vez, la extraña figura se hundió en las aguas por la sorpresa. Si bien no tardó en volver a emerger, ya más cerca de la orilla. 
Una melena oscura salió de las profundidades, seguida por unos enormes e intensos ojos del mismo tono oscuro. Unos ojos que lograron paralizar con su intensidad al hombre que los contemplaba. Éste, sintió que jamás nadie le había mirado tan fijamente. Esos ojos… Esa mirada… La sinceridad, la curiosidad, la duda, el miedo y el valor parecían reflejarse por partes iguales en aquellos pozos negros.  Pasó el tiempo. No mucho, puesto que el sol no perdió su fuerza, pero a él se le asemejaron horas. 
Finalmente la mujer bajo el rostro al reconocer en él a un hombre de más alto rango. Él, a su vez, enfureció. Nadie le podía vencer con una simple mirada. Jamás se dejaría hipnotizar por criatura alguna. Su destino estaba escrito. Y los héroes nunca podían caer tan fácilmente. Sacó por fin la espada de su cinto, señaló con ella a la misteriosa criatura y rugió:
-¡Salid del agua!

-No- murmuró ella, la voz trémula y el mentón alzado con determinación. Pero su adversario no vaciló. Al contrario, su furia pareció crecer, preocupando a la criatura lo suficiente como para hacerla obedecer.

De inmediato, el guerrero comprendió por que la desconocida no había querido acercarse. Cuanto más avanzaba más dejaba vislumbrar su cuerpo.
Iba desnuda. Mejor dicho, prácticamente desnuda. Tan solo un fino vestido blanco, su ropa interior, le cubría hasta las rodillas. Él bajo un poco su espada y no pudo evitar abrir la boca en un gesto poco caballeresco. Jamás había visto las piernas de una mujer. Jamás había visto a una mujer con tan poca ropa y punto. Por un momento casi hasta pudo sentirse enrojecer. Más no vaciló:

-¿Sois una ninfa o una sirena? Si es así me temo que tendré que mataros.

La mujer pareció sorprendida, vulnerable incluso. Luego una extraña luz brilló en sus ojos. Y finalmente sonrió levemente al decir:

-Mi noble señor, debéis andar confundido. Las criaturas que habéis nombrado son conocidas por su deslumbrante belleza. Yo tan solo soy una mortal.

Era cierto. Al observar con detalle a aquella mujer ya no se la podía calificar de hermosa o atractiva: Su piel estaba bronceada por el sol, lo cual mostraba que no podía pertenecer a la nobleza. Debía ser una plebeya, destinada a trabajar bajo el ardiente sol. Su cuerpo no parecía delicado. Más bien al contrario. Sus brazos mostraban una cierta fuerza, sin duda solo la de un muchacho, pero mucho más de la que cualquier doncella debiera tener. Y si bien era delgada, era la clase de delgadez provocada por la falta de alimentos, en lugar de por la variación de estos. Guardó de nuevo su arma y frunció el ceño. ¿Cómo había podido equivocarse de tal modo? ¿Cómo había podido humillar de semejante modo a aquella chica. Plebeya o no, era algo indigno de un caballero, más aún de él.

-Deberíais taparos- le ofreció suavizando la voz.

La muchacha asintió y caminó hacia los sauces más próximos al lago, en cuyas ramas había colgado sus pertenencias. Él la siguió con la mirada antes de negar con la cabeza frustrado. ¿En qué estaba pensando? Apartó la vista de inmediato al percatarse de que la extraña se disponía quitarse las prendas mojadas. No podía ocultar su fascinación por el cuerpo delgaducho, preguntarse si así serian todas las damas de la corte bajo sus capas y capas de ropaje. Pero por lo menos podía permanecer digno y observar en otra dirección. Llenó su cantimplora y le quitó la montura a su mesteño, que llevaba rogándose lo desde que había desmontado.

-Y aún si tuviese alguna clase de magia, ¿por que tendría esta maligna? Me temo que os apresuráis demasiado en juzgar, Príncipe Azul- indicó la voz a su espalda.

Se volvió hacia la desconocida, ya vestida, y se asombró, nuevamente, al ver su extraño atuendo. Sin duda, no era como se lo había imaginado: La mujer llevaba un vestido marrón, demasiado bonito y adornado para pertenecer a una simple campesina. 
Pero que solo alcanzaba hasta la altura de las rodillas. Y por los bordes rasgados se diría que se lo había cortado expresamente así. Algo vergonzoso para cualquier hembra. También vestía una caperuza larga, de seda roja como la sangre. ¡Sin embargo, calzaba botas de hombre! ¿Qué clase de dama haría eso? Y más allá de su vestimenta, algo más le sacaba de quicio:

-¿Cómo habéis sabido quien era?

Ella se encogió de hombros y se acercó al animal que acompañaba al príncipe.
-No son muchos los nobles que visten completamente de azul y montan un corcel blanco… ¿Cómo se llama?

-Falada- contestó el rocín, sorprendiendo a la muchacha. -No pude elegir mi nombre, puesto que no soy ningún hombre.  La princesa me llamó con ésta cursilada. ¿Por cierto, cual es el vuestro, mi bien amada?

-Un caballo que habla y además en verso. ¡Jamás oí cosa semejante!- exclamó entre risas apreciativas: - Yo soy Aurora.

Comenzó a acariciar al caballo. Después alzó la cabeza y miró al cielo, pensativa: -Pronto se pondrá el sol.

Él no contestó a aquel comentario y durante unos segundos un incómodo silencio se creó entre ambos.
Entonces ella posó sus grandes y extraños ojos en el príncipe.- Ya es tarde para marcharse. Pero en mi cesta llevo provisiones suficientes para dos. ¿Os molestaría cenar en compañía de una clase inferior?

Él notó un deje de ironía en su voz y frunció el ceño. Debería proseguir su marcha ahora que el calor asfixiante había desaparecido. Ese era su deber. Era su destino. Y eran razones mayores que cualquier muchacha extraña e indescifrable que pudiese encontrar. No obstante, allí estaba ella, retándole con sus palabras, menospreciando le por ser quien era. Debería haberle enfurecerse. Pero al contrario, solo le llamó más la atención. Él era el príncipe azul. Nadie jamás pensaba mal de él, nadie lo despreciaba y en todo caso nadie se lo decía a la cara.

-Por supuesto que cenaré con vos.- se escuchó decir sorprendido. La misma doncella pareció extrañada.

-¿De veras? ¿No tenéis una misión que cumplir?
Gruñó y negó con la cabeza.
-Falada está agotado y a mi mismo no me vendría mal descansar, para la larga jornada que nos espera mañana.
Decidido a alejarse de aquella criatura que le hacía comportarse de forma tan brusca e impropia de él, se alejó del claro y buscó leña para encender un fuego. Cuando volvió, con una gran montaña de troncos en los brazos, se encontró a la chica preparando el lugar. Mientras el encendía las brasas, ella comenzó a sacar toda clase de alimentos de una cesta que el habría jurado que era demasiado pequeña para contener tantas cosas: unas chuletas de un cerdo, unas manzanas, unas zanahorias, unos pedazos de pastel...
-¿De dónde habéis sacado todo esto?- le inquirió.
-Lo he cocinado, comprado, recolectado, cazado...
-¿Cazado? ¿Con qué?
Los ojos de ella brillaron divertidos, pero se negó a contestar.
¿Qué clase de mujer se dedicaba a cazar?


Oscureció. El aire se volvió húmedo y frío. Sin embargo, sentados sobre un tronco junto al fuego, apenas se percataron de ello.
El claro se había quedado en silencio. Tan solo se oía el leve viento soplando, las chispas bailando y saltando en el fuego y los grillos en la hierba. De hecho, Falada ya se había estirado a dormir, a sabiendas de la dura jornada que viviría al día siguiente.

-Inconvenientes de ser inmortal y ser tan solo un pobre animal- había comentado antes de cerrar los ojos.




Aurora se limpió las manos en la falda al terminar de comerse la costilla. habían permanecido en silencio mientras comían. Pero ella se proponía romperlo en ese preciso instante:
-¿Qué trae al príncipe azul por estos parajes?


No supo si se debió a la comida, al descanso de sus músculos cansados, o a la presencia de aquella muchacha. La cuestión es, que nuevamente se le escaparon las palabras antes de poder contenerlas:-Debo salvar a mi prometida, la Bella Durmiente… de nuevo.
Y lo cierto es, que no parecía extremadamente feliz ante la idea.

-¿De nuevo?- se sorprendió ella- ¿Cuántas veces la habéis rescatado ya?

-Pues…- dudó un instante. No debería contarle estas cosas a una completa desconocida. -unas siete en este mes.




¡¿Qué?! ¿Había oído ella bien? ¡Siete veces en un mes! ¿Pero que clase de muñeca de trapo indefensa era aquella princesa? ¿Cómo podía aquel hombre aguantar semejante cosa? Pero claro, él era el Príncipe Azul. Era sabido en todo el reino de su caballerosidad, su galantería, su inteligencia, su bondad... ¿Cómo podía alguien soportar ser tan perfecto todo el tiempo? Cuando lo había reconocido, había intentado hundir su fachada. Cualquier cosa que disminuyera su humillación por haber sido descubierta en paños menores... y su vergüenza por su cuerpo feo y trabajador. Más nada había logrado. Él había sido un tanto tosco, pero nada incorrecto dada la tensa situación en la que se  habían conocido. Así  que puede que si fuese así de perfecto. La idea le produjo un escalofrío. No, debía de haber otra explicación, tal vez simplemente estaba muy enamorado.
-¿Cómo es su alteza, la bella durmiente? - preguntó.

Él se concentró en las llamas del fuego mientras la describía.



-Es de piel pálida cual la nieve y cabellos de un rubio luminoso como el sol. Sus ojos son dos pozos azules y sus labios tienen el mismo color que las fresas maduras.
También era extremadamente delicada, fría y distante. Pero no sería caballeresco describir esos rasgos. Especialmente de su propia prometida.

-Valla… debéis amarla mucho- supuso la dama... ¿Cómo se había presentado ella? Ah, si, Aurora, como las primeras luces que despuntan al amanecer. Y si todo lo demás no bastaba, sus ojos y su espíritu daban buena fe de que ese nombre era digno de su dueña.



El príncipe vaciló, su mirada escudriñándola por centésima vez desde que se habían conocido. Pareció meditar, dispuesto a ofrecer una buena respuesta. Pero al final suspiró frustrado y solo dijo tres palabras cargadas de sinceridad: -No lo sé.

No lo sé. Que cosa tan estúpida para decir. Era una pregunta de sí o no y sin embargo él no poseía la respuesta. Si le hubiesen preguntado ayer, seguro de su destino y su rumbo, habría repuesto que sí, pues ese era su deber. Así estaba escrito. Pero ahora se hallaba dudando. Su respuesta ya no parecía estar definida por la historia que el destino le hubiese escrito. Por que aunque ese era su deber, y iba por tanto a cumplirlo sin dudar, aquel día, en aquella compañía, había tenido tiempo de analizarse a si mismo y solo había descubierto incertidumbre.

Ella sonrió: -¿Como se puede no saber si se ama o no a alguien y arriesgar, sin embargo, una y otra vez la vida por semejante persona?

Aquella pregunta impactó cual una daga filosa en él. Y se vio a si mismo balbuceando, intentando justificar sus actos:
-Yo cumplo con mi deber, con mi obligación, hago cumplo con Dios al dar uso de los dones que el me concedió en nombre de la honra y la justicia.- de esa parte si que se estaba seguro -Pero en cuanto a la princesa.... Bueno...Es decir, no la conozco. Nunca hemos cruzado más que dos palabras, nunca hemos estado juntos más que a la hora de liberarla de una mazmorra o una torre o algo así… Ni siquiera nos hemos besado… Y eso que es mi prometida. ¿Como se puede amar a alguien que no se conoce en absoluto? Puedo apreciar su belleza, pero ¿es eso acaso el amor?


Hizo todo lo posible por ocultar la sonrisa que intentaba aparecer por entre sus labios. ¿Por qué se sentía tan dichosa? ¿Le alegraba acaso la desgracia de los demás? ¿Se parecía tal vez a su madre o su hermana? Esperaba que no. Tal vez solo fuese, que por primera vez sentía al príncipe más cercano. Tal vez solo fuese que veía en él un atisbo de lo que había en ella... ¡Un momento! ¿Qué acababa de decir aquel hombre?
-¿Cómo que nunca la habéis besado? ¿Acaso no la salvasteis de su largo sueño con un beso?


Él negó. Ojalá. La mayoría de sus hombres habían hecho eso y mucho más con damas y mujeres de diversas clases, mientras que él, fiel a su honor, había tenido que renunciar incluso a ese leve roce.
-Rumores e invenciones del pueblo… En realidad, bastó con matar a la bruja y ella se despertó solita. ¡Son esos endemoniados hermanos Grimm que van exagerando todo lo que oyen!


Para su sorpresa, ella sonrió y le dio la razón: -¡Pues no hablemos de Perrault! ¡Me ha amargado la vida por eso de ser la hermanastra fea de Cenicienta! Es…

Eso le dejó de piedra, y no pudo evitar interrumpirla.
-Un momento. ¿¡Sois la malvada hermanastra de Cenicienta?
Estaba molesto, casi hasta furioso. Ella era una villana. Se suponía que él era de los buenos, ¡el príncipe azul, ni más ni menos! y sin embargo allí estaba, dejándose distraer de su misión por una mujer que había torturado a su propia hermana. ¿Cómo se había dejado engañar? Se llevó una mano al cinto dispuesto a desenvainar.

De inmediato, la muchacha retrocedió, agitó las manos nerviosa y comenzó a negar con la cabeza.

-¡Nada de lo que cuentan es cierto! ¡Yo jamás he tenido nada en contra de Danielle!- mientras hablaba, su miedo fue convirtiéndose en rabia. No porque odiase a su hermanastra, sino porque nuevamente, dudasen de ella.
-Y además, ella tuvo bastante más suerte que yo. ¡Figuraos! Ella todo el día encerrada en casa. Limpiando, sí, pero es mejor que mi trabajo en el campo, al sol. Al menos su piel se quedó blanca y perfecta… Sin contar con que ella no es la hija legítima de una bruja… y yo sí.
¡Porras! Por la cara que puso el hombre en aquel instante supo que había vuelto a hablar demasiado. ¿Pero que podía hacer ella por su procedencia?
-¿Vuestra madre es una bruja?- comenzaba a mirarla con verdadero recelo y eso a ella no le gustó lo más mínimo.

-Sí, y mi abuela, ¿y qué? ¿Me convierte eso obligatoria mente en mala persona? Uno no elige su nacimiento, ¿sabe?

Clavó los ojos furiosos y heridos en él, sin bajar la vista en ningún instante. Y supo que él comenzaba a dudar.
-…Supongo que no.

Durante unos instantes permanecieron los dos en silencio. Finalmente, el noble se atrevió a volver a formular una pregunta: -Hay algo que no comprendo. ¿Sí sois una dama, por qué trabajáis en el campo? ¿Y si sois una campesina, por qué lleváis esas ropas?


 -Tal vez no sea ninguna de las dos cosas… - la verdad es que no tenía ni idea. Su padrastro había sido noble. Y su madre no era de mala familia. Pero era hija de una bruja, que la había obligado a trabajar como a una esclava, cuando descubrió que no tenía intención de seguir sus pasos. ¿En qué la convertía eso? De pronto sonrió.
-Al menos no soy la peor de la familia. Mi hermana mayor, por ejemplo, ¡se ha vuelto loca! Mi madre la encerró en lo alto de una torre. Y la muy burra en lugar de atar las sábanas a la ventana y escapar por si sola, ha pretendido dejarse crecer el cabello para que un caballero escale por ella y la salve. ¡Pobre Rapunzell! ¡No quiero ni saber lo que habrá en esa melena!


Comenzó a reír y el mismo caballero la acompañó en su estruendo. Sabía que no estaba bien reírse de la situación de los demás. Pero por dios, que ya había pasado por suficientes cosas en la vida como para no apreciar unas pocas risas cuando se le presentaban.

-¿Y las brujas?

De nuevo se quedaron en silencio por un tiempo. No quería hablarle de su madre. Era un tema muy delicado y por otro lado, no podría soportar la compasión de aquel hombre. La trataba como una igual. Aunque probablemente su relación solo durase lo que la intimidad del bosque les permitiese, ella no solía ser tratada así y no iba a renunciar a ello. Por supuesto, podía hablar de su abuela. No había sido del todo mala con ella, y aunque nunca se habían tenido demasiado afecto, la historia sobre ella era, como poco, entretenida.

-O, bueno… Mi abuela no era tan mala, ¿sabes? Me hizo está Caperuza… Sí no fuera por su tendencia caníbal podríamos habernos llevado bien. Por lo que sé, dos pequeños la mataron y ahora viven la mar de bien en su casa de chocolate… Es una pena. Yo adoraba esa cabaña...- cuando llegó hasta allí dudó. ¿Debía decir algo más? Podía hablar de ella sin tocar el pasado, ¿no?
-En cuanto a mi madre… Pues me acabo de escapar de ella. De allí el estado de mi atuendo, y que me encuentre aquí sola… ¡Caperucita roja en mitad del bosque! Pero claro, me había cansado de esperar a qué alguien viniera a salvarme y decidí romper las reglas. -eso último la hizo encogerse un poco. Sí, se había cansado de esperar, por que nadie iba a salvar a una caperucita, a la hija de una bruja. Nadie creía que necesitase ayuda. Así que había descubierto, que realmente no la necesitaba. Había sido toda una sorpresa, la verdad. Pero le había hecho tan feliz, descubrir que no necesitaba el reconocimiento del mundo entero, ni a un caballero andante que la rescatase. Ahora se dirigía a casa de Rizzo, al otro lado del bosque, que le había asegurado que los tres hombres-oso con los que vivía se acababan de marchar de vacaciones. Menos mal, porque ella quería un poco de paz para rehacer su vida. Aunque la idea de nuevas aventuras también la atraía.

Apenas se dio cuenta de lo mucho que sus palabras habían afectado a su compañero
-¿Pero cómo? ¿Así, sin más?- preguntó él con la boca abierta.
¿Qué ocurría? ¿Creía él que había hecho algo malo? ¿Por qué? ¿Por no seguir las normas? Pero luego vio una extraña chispa en sus ojos y comprendió que tal vez no la estuviese juzgando después de todo.

-Es cuestión de proponértelo y… ¡de pronto eres un renegado!- le miró. Había algo especial en él. Y no se trataba de que fuese don perfecto, el príncipe azul. Tal vez había pensado eso al conocerlo, pero ahora no le parecía ese hombre. Para nada. Había algo allí que le recordaba... A sí misma.
-¿Es qué no hay nada qué hayáis deseado hacer desde siempre, y os haya estado prohibido?



Esos ojos... Él intentaba apartar la vista, distraerse o distraerla con algo para no tener que responder a esa pregunta. Y no tenía por que hacerlo. Él era noble y ella no. Él era poderosos y ella no. Y él era hombre y ella mujer. Algo que en la mayoría de los casos le daba la superioridad. Pero no tenía ninguna clase de ventaja con ella. Eran iguales, como poco. Y sus ojos, esa mirada sincera y curiosa que no se separaba de él lo desarmaba completamente. De modo que no pudo evitar soltar la lengua:

-Pues… Siempre he querido llevar otro tipo de ropa… No sé de otro color… ¡Estoy harto de ir de azul, maldita sea! ¡Ni que fuera el dichoso cielo!- Y era bien cierto. ¿Qué manía era esa de su familia de vestir de azul? ¿Sabían acaso que existían otros colores? Pero claro, había que seguir la tradición de los cuentos.
-¡Y… y, además! ¡Estoy hasta las narices de rescatar princesas! ¿¡Es que la Bella Durmiente no podría salvarse por si sola por una vez!? ¡Ni qué yo no tuviera cosas mejores que hacer!


Vale, se había excedido. Se izo un silencio incomodo. Él la miró indeciso. Seguro que ahora ella le despreciaría. ¿Cómo no podía querer salvar a una princesa? Era su obligación. Era para lo que estaba destinado. Era un acto de honor, de valentía y de bondad. Pero él no era tan bueno, Y a veces deseaba no serlo en absoluto.
Para su sorpresa, la chica estalló en una sonora carcajada y aliviado, él se la unió.

-Yo no quiero ser salvada, y vos odiáis rescatar. Qué extraña pareja formamos.

No obstante, cuando las risas se apagaron y la verdad de las palabras pronunciadas les rodeó, volvió a reinar el silencio. Se sentían más cercanos que antes. Los ojos de ella brillaban con más fuego que nunca. Tanto, que él quiso acercarse más a aquella hoguera, consumirse en aquel fuego. Y tuvo que retroceder, furiosos consigo mismo, y volver a masticar de su comida. Esa mujer era peligrosa para su salud, la del reino, y en especial, la de su prometida, la Bella Durmiente. Jamás sería tan bella como su princesa. Y sin embargo, le hacía desear cosas que no conocía y que tal vez nunca tendría.
Tampoco importaba, pues su encuentro solo duraría aquella noche. Suspiró. Si esa iba a ser su única noche de libertad, más le valdría disfrutarla. De modo que, recuperando su habla, se prometió que volvería a hacerla reír. Cuando reía, esa muchacha si que se convertía en una ninfa. Una ninfa enfundada en rojo, como un dulce para degustar.


1 comentario:

  1. Interesante mezlca de cuentos de hadas... la locura de Rapunzel, la frialdad de la Bella Durmiente, y Aurora, luminosa como los rayos del alba, en busca de su propia historia. Opino que la autora emplea hábilmente el humor (ya demostrado en sus otras obras) con los huevos cocidos por el sol, el tener que vestirse siempre de azul y rescatar cada mes a la princesa jajaja Buen estilo con algunos puntos álgidos en la expresión. A criticar: Algunas faltas de ortografía que se corrigen en un momento. No me identifico demasiado con los personajes pero eso ya es algo personal y seguro que a medida que se desarrollan y adquieren profundidad nos acabamos entendiendo. Tres murciélagos y medio.
    P.D. El caballo que habla en verso jajja
    Cordialmente,
    una amiga

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